Inmolación pactada

Desidia, esa es la palabra que describe a un Gobierno de ineptos ausentes o con exceso de imagen. Los poderes políticos y económicos nos conducen hacia la debacle del Estado.

Catedrático en Estudios Políticos

Por Franklin Ramírez Gallegos

Un primer mandatario ausente en medio de la más grave crisis de la nación. Su primera línea de mando pujando entre sí para el primer plano de la foto que los muestra dadivosos. Secretarios que leen cifras de las que no alcanzan a extraer tendencias, pues las alteran a día seguido. Un ministro de la Salud que habla más de tasas de defunción que de testeo. El frente económico, atado a los tenedores, invocando la filantropía de los ultrarricos. La ciudadanía sabía ya de la incompetencia de quienes gobiernan -antes de la pandemia menos de 20% de la población evaluaba bien al régimen-, con la crisis sanitaria se ha revelado también su desidia.

Desidia: negligencia y falta de cuidado (rae).

La palabra retrata con justeza la ineptitud de un gobierno que ha desertado, en las peores condiciones, de proveer mínimo bienestar material y afectivo a una sociedad desolada. El Estado desidioso trabaja, así, al ritmo de la pandemia y la recesión para redoblar la exposición al riesgo de quienes juzga como desechables. Cuesta recordar siquiera un gesto de empatía con una población a la que responsabiliza del colapso sanitario. La devastadora crítica ciudadana, confinada en el mundo virtual, ha tomado nota de los responsables de la hecatombe. Las demandas de renuncia, destitución o juicio político son Trending Topic cada tanto. Sin embargo, nada se mueve. La inercia del mal retumba en la impotencia de las redes sociales. El gabinete se escucha a si mismo. ¿Para qué? ¿A qué sirve la sorna de los que fueran la promesa blanca de renovación -ruptura decían- de las élites? ¿A quiénes alimenta la obscena ineptitud del poder?

En el cálculo de los de arriba, el gobierno de Moreno fue previsto como una forzosa transición para doblegar el apoyo social al ‘desarrollismo populista’ y reencauzarlo hacia sus ‘modelos exitosos’. No contaban, empero, ni con la colosal incompetencia ni con la puntillosa vanidad de aquellos a los que encargaron la administración pública. Ya en medio del desastre, solo la continuidad del estado de excepción -permanente desde la consulta de 2018- permitiría completar la transición imaginada. En dicha posibilidad cobra sentido la mórbida exhibición de negligencia del régimen. La racionalidad del mal reposa en el sacrificio al que una fracción de las élites (la vanguardia morenista) se somete a fin de preservar las opciones de poder del proyecto antipopular. Dos décadas atrás sucedía algo similar: los privilegiados echaban gasolina a la autoinmolación de Mahuad para después celebrar la persistencia de la dolarización y de la agenda pro-mercado. Los homenajes a su legado se multiplicaron, ya sin rubor, solo en años recientes. La extinción demócrata-cristiana estaba al servicio de una solidaridad de clases. Con un más simple sentido de la historia, Moreno piensa en los abrigos que lucirá su familia en los cócteles que habrán de ofrecerle en cualquier piso del Banco de Guayaquil.

La distancia que marcan cámaras, empresarios y partidos del establecimiento con el morenismo no luce grata con quienes tan bien han servido a sus intereses. El gesto indica, no obstante, que el ritual sacrificial está en curso. La desidia presidencial y la veleidad de Sonnenholzner acaparan todas las luces mientras se encubren las políticas que han configurado la debacle. La incompetencia de los gobernantes debe tanto a sus limitaciones personales como a las restricciones estructurales que la receta fiscalista ha impuesto al Estado, a la protección del trabajo, a la movilización del ahorro interno para cuidar la vida, a la intervención eficaz de lo público. La austeridad engendra un Estado desertor que celebra la beneficencia de las grandes fortunas mientras perdona sus deudas con el fisco, facilita la expatriación de sus divisas e impone a los de abajo el mayor costo de las crisis. Frente a un Estado desfinanciado, piensan, el pueblo agradecerá el voluntarismo de las riquezas privadas. Los fideicomisos y teletones de los patriarcas guayaquileños siempre fueron el puntal de su modelo patrimonialista. En nombre de la preservación de este programa se inmolan hoy quienes lo implantaron de espaldas a la sociedad y del modo más autoritario que el país recuerde.

La crítica social no admite desvíos. Está en juego la vida y la posibilidad de que, en el futuro, el sufrimiento de las mayorías no se conforme con menos que la plena reparación de sus derechos. La digna explosión de la rabia, paralizada hoy por el dolor y la angustia del contagio, requiere una cabal comprensión de la tragedia: el gobierno sociópata es hijo de la máquina neoliberal que, privando al Estado de recursos, aniquila el mundo que la alimenta.

Publicado por Voces

Investigación y periodismo. Contamos historias.

Un comentario en “Inmolación pactada

  1. La conclusión de FRamirez sobre las mayorías afectadas que a futuro no se conformaran con menos que la plena reparación de derechos, podría ser. Pero no lo harán si no están acompañadas por una alternativa socio-económica y de Estado motivadora que ahora debemos empezar a consensuar, plantear y construir desde abajo.

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