Vivir la pandemia en el extranjero

Miles de ciudadanos ecuatorianos varados en el exterior sufren el abandono del Gobierno. Este es el relato de un joven que afrontó el coronavirus en EE.UU., otro Estado ausente.

Comunicador ecuatoriano

Por Nicolás Mora

Ecuador y los Estados Unidos tienen enormes diferencias en lo cultural y lo social, pero en la actualidad comparten un común denominador: las consecuencias de la mala optimización de recursos en salud, que se traduce en el recorte presupuestario que no garantiza el acceso a ese derecho.

Quién diría que la falta de toma de decisiones por parte de autoridades políticas nos afectaría tanto y cambiaría la realidad del mundo de manera tan drástica. Eso sí, siempre considerando al capital sobre el ser humano. Las consecuencias se reflejan en sistemas de salud precarizados y colapsados, médicos explotados e infectados, hospitales y morgues sin dar abasto, a la deriva de la filantropía y las donaciones, con medicina escasa y -en muchos casos- revendida.

Todo lo descrito anteriormente se vuelve más evidente cuando lo vives en carne propia, cuando el Estado se ausenta y tienes que padecer en los sistemas de salud como contagiado y como extranjero. Esa es la realidad de muchos ecuatorianos varados en el exterior.

Mientras países como Argentina, Colombia, España o Francia gestionan el retorno de sus compatriotas varados alrededor del mundo, el Gobierno ecuatoriano hace todo lo contrario, dejando clara su consigna neoliberal de que ni en estos casos ni el Estado, ni el gobierno intervendrán. ¿Los resultados? Más de 5000 ecuatorianos nos encontramos varados en el extranjero.

Estancado en una de las ciudades consideradas epicentro del contagio, los síntomas iban apareciendo.

Realizarse la prueba de COVID-19 es un procedimiento que lleva unos 15 minutos y no resulta muy doloroso, pero en Estados Unidos lo que realmente duele es acceder a dicho procedimiento. Gestión para nada agradable.

Una de las maneras de acceder de forma gratuita es acudir a los centros de atención que están comúnmente ubicados en universidades u hospitales. Eso sí, un requisito indispensable para acceder a la prueba es tener auto y un documento que pruebe la dirección de tu domicilio. Madrugar, salir a las 4 de la mañana, viajar media hora, hacer cola durante 5 horas para adquirir un turno y, posteriormente, esperar otras 6 horas para ser atendido. Suena a una experiencia propia de Latinoamérica, pero no. Es Estados Unidos.

Los ciudadanos que no tienen acceso a un medio de transporte particular son remitidos a un número de asistencia con una realidad muy parecida a la ecuatoriana: líneas saturadas, pruebas a domicilio y atención deficiente para quienes presentan síntomas y necesitan ser asistidos.

Así estuve: encerrado en un auto durante todo el día, con cuatro acompañantes y con la prohibición policial de bajar la ventana. Eso me bastó para saber que todos, con quienes comparto piso, dimos positivo para COVID-19.

Algunas de las sensaciones fueron dolor de garganta, tos y dificultad para respirar, pero la peor de todas fue -sin duda- ser testigo de la ausencia del Estado. Y esto aplica tanto para quienes padecen del colapso del sistema de salud pública en Ecuador como en Estados Unidos.

Como viajero, he constatado la poca asistencia de los Consulados ecuatorianos, así como la vaga o repetitiva información brindada por Cancillería. Las respuestas son tardías y la única solución brindada hasta el momento fueron una serie de correos electrónicos con sugerencias sobre dónde hospedarse y alimentarse, haciendo énfasis en que la atención al usuario está suspendida de manera indefinida y que los gastos de retorno a Ecuador tienen que ser cubiertos en su totalidad por los viajeros.

Cómo financiar el regreso resulta para muchos una incógnita. Los gastos de estadía y alimentación en el extranjero siguen corriendo, muchos se encuentran varados en hoteles, departamentos, pensiones o centro de acogida, otros se quedaron sin empleo. Pretender que su retorno sea a un hotel, considerado caro en un momento de contracción económica y conmoción social, resulta cruel e inhumano.

Y es que, como a muchos, me ha tocado sentir tres realidades de manera simultánea: la propia, la de mi familia en Estados Unidos y la de mis familiares en Ecuador. Todas ellas están atravesadas por la incertidumbre, que se traduce en largas filas dentro y fuera de los supermercados, el desempleo y el confinamiento, las deudas y -sobre todo- la idea constante de que los muertos están por todas partes.

Quién diría que en ambas naciones los que manejan la crisis aplauden a los médicos, enfermeras y enfermeros mientras que por debajo de la mesa recortan presupuestos sanitarios. La crisis causada por el coronavirus ha evidenciado el mal manejo de los gobiernos y sus deficiencias, lo que resulta más nefasto aún que la propia pandemia. Este virus nos recordó la importancia del Estado en la salud pública.

Publicado por Voces

Investigación y periodismo. Contamos historias.

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