Pandemia y muertos anónimos

Una mujer, abogada y madre relata los estragos que deja la pandemia en Guayas. ¿Cómo es vivir, enfermarse y morir con un Estado ausente?

Abogada guayaquileña

Por Soledad Angus Freré

Han tenido la deferencia de pedirme que escriba sobre el coronavirus y sus efectos en Ecuador. Así, sin más, sin precisarme que lo haga desde una perspectiva legal o de género, temas sobre los que usualmente escribo. Entonces me instalo frente a mi computadora con esa retadora libertad que es poder escribir sin la rigurosidad de un lugar específico, y escudriño qué es lo que yo puedo decir que no se haya dicho ya. De inmediato concluyo que nada, aunque tal vez lo que sí debo hacer y valga la pena es ahondar en algo sobre lo que nada de lo que se diga es suficiente, algo sobre lo que tenemos que seguir hablando porque no podemos permitirle a la dictadura de la información oficial que lo erradique de nuestra memoria colectiva.

Podría explayarme sobre la situación del coronavirus en materia laboral, como abogada que durante esta emergencia ha asesorado a empleadores y a trabajadores y ha visto de primera mano que para ningún lado hay solución alegre, pero definitivamente sí unas situaciones más difíciles que otras; como asesora que ha constatado que, contrario a lo que creen muchos emprendedores, el problema de pequeñas y medianas empresas no es el sindicalismo, sino esos grandes capitales que abusan de su posición de poder y con argucias pretenden evadir el justo pago de remuneraciones o liquidaciones, y cuyas actuaciones devienen en jurisprudencia y normativa más rígida para prevenir y sancionar tales abusos, como aquellas grandes corporaciones que para ejecutar estrategias de negocio como “disminuir el tamaño de la compañía”, de mala fe invocan fuerza mayor para simular lo que en realidad es un despido intempestivo, pues continúan operativas y tendrían la alternativa de aplicar alguna de las modalidades de continuidad o suspensión de labores previstas por el Ministerio de Trabajo.

O podría escribir como madre agobiada por el inminente inicio del año escolar en el régimen Costa en el contexto de una crisis que se afronta con evidente falta de planificación, mirando con estupor que según el INEC el acceso a internet es de apenas el 37,2% a nivel nacional, siendo especialmente crítico en el área rural con tan solo un 16,1%. Y un gobierno que, sabiendo desde febrero que el virus había llegado, no hizo nada para prever otras vías no presenciales de educación que garanticen que esta sea un derecho universal y no un privilegio de pocos. En un contexto, además,  en el que nuestros ingresos familiares se han reducido al mínimo, no así los gastos de matriculación, pensiones, créditos hipotecarios o tarjetas de crédito.

Podría escribir como guayasense que ve a sus ciudades convertidas en el epicentro de una desgracia nacional sin precedentes, barrios en los que la cuarentena se ha transformado en un luto desfigurado por el vacío que provoca la ausencia de exequias.

O podría escribir desde la voz –mi propia voz- de quien ha perdido un familiar y ha palpado la negligencia estatal y la indignidad que implica en estos momentos vivir y morir en la provincia del Guayas. Y creo que esto último es lo que más vale la pena, al menos para mí. Lo más grave y desolador de la muerte de Julio César Freré Franco, mi tío, es que las circunstancias de su muerte no son excepcionales, al contrario, es una historia que se repite no por cientos, sino por miles en Ecuador y con más agudeza en esta provincia.

El 20 de marzo familiares notaron que la salud de Julio se deterioraba y presentaba los síntomas de coronavirus. Luego de exámenes, un médico particular recomendó hospitalización. Sin embargo, ninguna clínica lo quiso recibir. Tendrías que estar al borde de la muerte y tener suerte para que te den una cama. Pasaron los días y uno de sus hermanos, Hugo, también enfermó. Recorrieron juntos hospitales que les cerraron las puertas, los motivos: no había camas, insumos, respiradores ni medicinas. Los regresaron a sus casas. Pero la noche del 26 de marzo, Julio empeoró vertiginosamente, sus pulmones ya no respondían. Así, luego de mover cielo y tierra su hijo consiguió que lo reciba el IEES de Milagro, donde fue ingresado con sospecha de coronavirus. Con los insumos y medicinas proporcionados por la familia logró ser estabilizado e incluso tuvo aparente mejoría; la esperanza de que se salvaba dudaría poco. Recayó y el 1 de abril, murió esperando que un médico intensivista dé la orden para trasladarlo a UCI y le conecten un respirador. Ni siquiera cuando estuvo ingresado le hicieron la prueba para confirmar la enfermedad, ¿si hubiera sido recibido antes se habría salvado?, ¿si hubiera más personal médico, medicinas y respiradores habría tenido otra oportunidad?, ¿es al menos parte de las estadísticas que muestra el gobierno? Esas cifras que subestiman e insultan nuestro dolor, pues por ejemplo, nos dice que los muertos confirmados son 537, cuando tan solo en la primera quincena de abril hay en Guayas más de 5700 muertes por encima del promedio que correspondería a ese mismo periodo según datos del Registro Civil. Ni hablar de la cifra de contagiados cuando miles de personas sintomáticas no han tenido acceso a pruebas. Es el caso de mi tío Hugo, quien hoy se recupera en casa en una habitación convertida en unidad de cuidados, sus hijos esperan que su padre sane por completo y tenga fuerza suficiente para darle la noticia de que su hermano ha muerto.

Historias que pululan. A todos en mayor o menor medida nos atraviesan efectos de la pandemia, en Guayas no hay quien no conozca a alguien que murió o perdió su sustento. Y así, en medio de todo esto, el gobierno ha propuesto una ley “humanitaria” que saca dinero del bolsillo de la clase trabajadora y lo lleva a sus arcas. El tejido social se encuentra lacerado, vislumbramos más pobreza, desempleo, hay desconfianza en el gobierno, ausencia de liderazgos políticos claros -salvo contadas excepciones en la asamblea y gobiernos locales-. Esto pasa en Ecuador y es en estos momentos convulsionados cuando más necesitamos voces reclamando verdad y dignidad para vivos y muertos.

Publicado por Voces

Investigación y periodismo. Contamos historias.

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