Mujeres de Estado

Haber tenido Presidentas en la región generó un antes y un después en la forma de hacer política. ¿Por qué es fundamental el feminismo para encarar transformaciones estructurales?

Asambleísta nacional

Por Gabriela Rivadeneira Burbano

La primera década de este siglo tuvo un hecho no menor cuando hablamos de mujeres en el Estado, por primera vez tres países del continente tenían Presidentas; Dilma Rousseff en Brasil, Cristina Fernández en Argentina y Michelle Bachelet en Chile. En mayor o menor medida, las tres mujeres implementaron un modelo antihegemónico, que iba en concordancia con la ola progresista en la región. Este momento histórico es importante, porque marca una ruptura con la matriz masculina de representación política.

Entonces ¿qué importancia tuvieron estas representaciones femeninas en el ejercicio de gobierno? El sistema patriarcal instaurado por el capitalismo y los permanentes procesos de colonización segregó a las mujeres a lo privado (cuidados del hogar) mientras los hombres tomaron lo público (política, economía, producción, profesionalización, sociedad), lógica que se adscribe a la tradicional división del trabajo: lo remunerado vs. lo no remunerado. Al no ser visto como generadoras de valor (al no producir plusvalía), los trabajos reproductivos no están asociados a un salario, volviendo a las mujeres económicamente dependientes de los hombres.

Es así como se han reproducido prácticas de violencia de todo tipo que, con el pasar del tiempo, se han naturalizado. Las mujeres campesinas y agricultoras representan el 80% de mano de obra, sin embargo, no tienen derecho a la herencia de la tierra, acceso a maquinaria y equipos de campo, acceso a semillas, sistemas de agua o crédito, no tienen salario; condiciones que las condenan mayoritariamente a morir en la pobreza. Por otro lado, las mujeres urbanas y periféricas, que trabajan en diferentes áreas, siguen ganando menos por el mismo trabajo y horas laborales que los hombres; las trabajadoras remuneradas y no remuneradas del hogar sin pensiones, sin acceso a salud y vivienda digna; muchas de ellas viudas, divorciadas o madres solteras, también están sujetas a peores condiciones de vida que los hombres, o de aquellas mujeres que tienen otras condiciones socioeconómicas, por lo que también hablamos de una condición de clase. 

Esa realidad se sostuvo y se profundizó por décadas, resguardada por la aparente tranquilidad de la democracia liberal, que solo fue justificativo para el abuso y violación de derechos por parte de los gobiernos neoliberales de turno, hasta que a finales de siglo se generaron varios estallidos populares; las luchas sociales fueron el resultado del inconformismo, la ausencia de Estado y la crisis económica llevaron a otro momento político en la región. Con las consignas de esas luchas populares, los gobiernos progresistas llegan a propiciar proyectos populares y nacionales de recuperación de las instituciones del Estado para servicio de las grandes mayorías, dando prioridad a la redistribución de la riqueza para garantizar salud, educación, vivienda, acceso a crédito, a tecnologías, respeto a las identidades diversas, a igualdad de condiciones y oportunidades; es decir, se lograron resultados sustanciales en corto tiempo en relación a las décadas de aplicación de las fórmulas neoliberales. Claro que estos procesos guardan particularidades, complejidades y realidades propias; por lo que los gobiernos no alcanzaron a concluir algunas de las demandas sociales, dejando pendientes en materia ambiental, de género, de democratización de los sistemas de producción, entre otros.

Los populismos de derecha han maximizado y han aprovechado esos pendientes para menoscabar y desprestigiar a los procesos de izquierda transformadora, de la mano con las corporaciones mediáticas; comprender que son procesos en construcción e inacabados es pieza clave para no caer en la trampa de la derecha que, articulada en la región con el formato de lawfare, sabe que la única forma de volver a gobernar es a través de golpes blandos y duros que violentan la democracia popular.

Si los proyectos de transformación progresista tienen como objetivo cambiar la estructura social con Estados fuertes que promuevan igualdad, dignidad y soberanía, y si -a la vez- el feminismo busca cambiar las estructuras sociales y culturales, entonces, no pueden existir transformaciones reales sin feminismo.

La presencia de mujeres en los gobiernos de nuestros países logró romper con esquemas tradicionales en el ejercicio de la política, promovió la transversalización de las políticas de género en las acciones de desarrollo y aportó en la construcción de nuevos imaginarios y patrones culturales. Si bien, muchos de los logros son visibles, los últimos años se ha retrocedido no solo en políticas de protección sino en representación política; ante esto, no podemos declinar, no podemos perder lo ganado y no podemos abandonar las luchas presentes. Necesitamos del feminismo en el ejercicio de lo político, necesitamos que más hombres y mujeres rompamos con la mercantilización de lo femenino, que promovamos una despatriarcalización real de nuestras sociedades y que rompamos con la naturalización de la violencia de cualquier tipo; necesitamos dejar a nuestros hijos, hijas y futuras generaciones países con sociedades de igualdad, la dignidad y el respeto absoluto a nuestras soberanías individuales, colectivas y territoriales. ¡Por que otro mundo es posible!

Publicado por Voces

Investigación y periodismo. Contamos historias.

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