El piscinazo de Turi

Las inequidades de la sociedad ecuatoriana se refuerzan en el interior de las cárceles. ¿Qué hace el Estado para resocializar a las personas privadas de la libertad?

Abogado, especialista en derecho constitucional y penal

Por Gustavo Chiriboga

El video de un grupo de personas privadas de libertad jugando en una piscina improvisada en el patio central del Centro de Rehabilitación Social de Turi, en la provincia de Azuay, que circuló días atrás en las redes sociales, ha causado zozobra, escalofríos e indignación en los más sensibles usuarios de las plataformas que no dudaron en comentar y hacernos saber lo mal que estaba que algo así sucediera en una cárcel. Fue tal la popularidad de esta videograbación que incluso medios internacionales se han hecho eco de esta atractiva noticia. Pocos fueron los que se fijaron que los videos probablemente, como ya ha sucedido en ocasiones anteriores, hayan sido grabados por alguno de los privados de la libertad, bastantes fueron aquellos que el chapoteo en calzoncillo de uno de los hombres les generó un rechazo inusitado.

Lo que podría parecer jocoso en una situación normal, causa preocupación cuando se trata de personas privadas de la libertad. Nos hemos acostumbrado tanto a pensar que las personas que permanecen recluidas se convierten en una especie de seres inanimados cuyos derechos son anulados, que cualquier viso de libertad parecería una ofensa a una sociedad que quiere enviar un mensaje claro: “si delinques tendrás que recibir una brutal venganza estatal”.

El sistema de rehabilitación social, revestido de bonitos discursos y preceptos legales que harían parecer que la prisión es un lugar mucho más cómodo que la vida en libertad, es en la práctica un archivador humano donde los marginados y excluidos pasan largos tramos de su vida para cumplir una sanción impuesta por una sociedad dominante que nos ha indicado lo que es bueno y lo que es malo.

En este lugar se sacan a relucir los desquites de una sociedad inequitativa que nos ha indicado que hay categorías de seres humanos, donde se ha normalizado la violencia en contra de los que ocupan el lugar de los “desviados” de un status quo inquebrantable.

Lo curioso es que aquellos que ocupan esta categoría provienen de los mismos sectores sociales y económicos. Sectores que no se compadecen con el deber ser de una sociedad que privilegia el capital sobre el ser humano. Aquella sociedad que se  considera así mismo en la calidad moral de imponer un régimen educador en donde se busca que aquellos marginados que se encuentran privados de la libertad se ajusten y uniformen a los preceptos que demandan los seres humanos ubicados en la categoría “superior”.

Tanto llega a uniformarse que al interior de las cárceles se reproduce lo mismo que vivimos todos en libertad: jerarquías definidas, relaciones desiguales de poder, instrumentalización social y sexual de ciertos individuos y nuevamente categorización de personas. Es decir, la vida en prisión educa al privado de libertad para que se adapte a una mini sociedad en donde lo que se busca tener es a un “buen prisionero”.

Aquel buen prisionero que se adapta a los malos tratos de guías y “caporales” (por cierto habitantes también de una vida con lógica de prisión), a una alimentación poco saludable y escasa, a la carencia de servicios básicos de calidad, a una sexualidad violentada y controlada; en fin, a una vida donde las libertades básicas son reprimidas puesto que es la única forma de cumplir con el castigo que la macro sociedad considera adecuada para estos sujetos.

En general se trata de un régimen que lejos de buscar la resocialización, los desocializa; que en lugar de hacer seres humanos “civilizados”, los desciviliza y que alimenta su sed de venganza hacia una sociedad que los ha reprimido y que esperan con ansias la libertad para desquitarse de todo lo vivido adentro, puesto que las pequeñas alegrías como la de sumergirse en un poco de agua empozada en la cancha de una de las prisiones, también les debe ser negada.

Publicado por Voces

Investigación y periodismo. Contamos historias.

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